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24 de enero de 2019
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, y en el día de reposo entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se levantó a leer las Escrituras. Se le dio el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el texto que dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.» Enrolló luego el libro, se lo dio al asistente, y se sentó. Todos en la sinagoga lo miraban fijamente. Entonces él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes.» Lucas 6:16-21
Este
acontecimiento en una sinagoga de Nazaret tuvo lugar después de que Jesús
regresara del desierto de Jordania a Galilea. Allí, guiado por el Espíritu
Santo, Jesús había ayunado por 40 días durante los cuales fue objeto de las
tentaciones de Satanás. Su regreso a Galilea fue recibido con mucha fanfarria y
su predicación en las sinagogas fue alabada por todos. A esa altura, las cosas
se veían bien para el hijo del carpintero. Sigue así y no tendrás opositores,
deben haber pensado algunos.
Pero, por supuesto, el halago de los hombres era lo último que Jesús estaba
buscando.
«Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes», ¡por cierto
una declaración sumamente audaz! Mientras que algunos se maravillaban y se
acercaban para escuchar más, otros retrocedían ante la afirmación de Jesús.
Casi que se los puede oír decir: «¡Perdón, pero ¿qué estás diciendo?
¿Acaso no eres un comerciante común y corriente? ¿Qué te da derecho a decir
eso?!»
Jesús no necesitó más para comenzar a citar textos bien conocidos de I y II
Reyes (en el Antiguo Testamento) que hablan de Elías y la viuda de Sarepta y de
Eliseo y el leproso de Siria, dos instancias en las cuales Dios va más allá de
su pueblo elegido, llegando a gentiles cercanos que estaban dispuestos a
recibirlo.
Pero los judíos no quisieron saber nada de eso. «Se levantaron, lo echaron
fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte sobre el que estaba
edificada la ciudad, para despeñarlo» (Lucas 4:29).
¡Qué trágicamente triste!
Si supieran que ese era él, Jesús, ungido con el Espíritu Santo. Era él, Jesús,
designado para proclamar preciosas buenas nuevas a los pobres y oprimidos. Era
él, Aquél que proclama libertad a los cautivos, que pone en libertad a los
oprimidos espiritualmente y que sana a quienes sufren físicamente. Ese era él,
el Señor Jesucristo, el tan esperado Mesías de Israel, con cuya llegada se
cumplían todas las expectativas proféticas.
ORACIÓN: Señor Jesús, abre nuestros ojos para que veamos quién eres y lo
que has hecho por nosotros. En tu nombre oramos. Amén.